
Hablar en Soria sobre las ruinas es como hablar de la esencia de la patria (chica). La ruina de los caminos, la ruina de los pueblos, la ruina de los campos, la ruina de las vías del tren, de las murallas, de las majadas, de los molinos. La ruina de la propia colectividad. El ser humano hace historia y la historia se materializa en su obra. Quedan las ruinas, que son como un espejo en el que podemos mirar nuestro pasado. Por eso, las ruinas siempre han habitado entre nosotros, aunque cada momento de la historia las contempla, las venera, las canta o las oculta de forma diferente. Las ruinas. ¿Por qué sentimos esa atracción hacia ellas, por qué esa curiosidad por experimentar el gozo de la piedra caída, la muralla ajada o las cañadas inundadas de hierbas y zarzas en el recuerdo de recuas y merinas haciendo sonar sus cencerros, esquilas y zumbos? ¿Por qué nos fijamos en los pocos restos de la muralla de Soria, en las ruinas de San Nicolás, sólo ya fragmentos de pasado? ¿Qué se busca entre las paredes húmedas y frías de las iglesias vetustas de nuestros pueblos, incluso por los agnósticos y ateos? La ruinas. Hoy se veneran, se cuidan, se reconstruyen, se protegen, se estudian, se venden como fruto de una calidad propia de la historia pasada, se ponen en el altar de los "cascos históricos" (¿no lo son todos?) y ay de la ciudad, villa o pueblo que se lo haya dejado escapar o no sepa cultivarlo. Pero son las ruinas de la historia. Porque las del presente se intentan ocultar. Si las primeras expresan el esplendor que merece ser vendido, las del presente reflejan la decadencia de una sociedad que las tiene que esconder porque nadie puede permitirse la debilidad. Las ruinas del presente de tantas ciudades que han perdido la línea divisoria con el campo y el paisaje. Las del pasado que sirven de refugio a la explosión de la sensibilidad. Las del presente aleccionan sobre el desastre que debe ser evitado. Las del pasado son la huella lenta de la historia milenaria, construida a golpe de sudor. Las del presente son la huella rápida de un fracaso colectivo. Hay ruinas que infunden encanto, como el castillo de Gormaz; otras regalan tristeza, como las solitarias murallas de Rello o las casas despanzurradas de mi pueblo, del pueblo de al lado, del otro del norte, del sur, del este y del oeste de Soria y de Castilla entera. Son esas ruinas que hablan de la ruina. Y las hay que se convierten en libro lejano de una historia que parece irreal, que se tragó la tierra con los dioses del tiempo para que ahora el hombre, libre de tantas ataduras, escarbe el polvo en busca de algún tesoro del pasado. Termancia, Numancia, Uxama. Aquí, la historia ni es la de ayer ni se deja retratar en imagen mental definida. Pero guardan un tesoro, que la furia del tiempo ha sabido preservar entre la tierra cual paño que arropara oro. Son nuestras ruinas, las que nos infunden nostalgia, sentimiento de fugacidad y viaje retrospectivo a la noche de los tiempos.
Las ruinas siempre se han vivido de forma diferente. Hoy se protegen, se cuidan, se delimitan sus contornos con cuidado, se limpian, se atesoran, se las contempla en museos o en su propia cuna. En otros momentos, se vieron como elemento de contraste entre un presente de gloria y un pasado de barbarie. Pero también hubo épocas en las que eran la vara de medir la propia vida humana, personal o histórica, para recordar que todo es efímero y ni siquiera lo grandioso y lo bello permanecerán. Hasta que llega el Romanticismo abriendo el porticón de la modernidad y entroniza las ruinas como descubrimiento del sentido histórico del hombre europeo. Y todo se idealiza, se hace sublime. Y en eso estamos. Y el hombre romántico, el del Romanticismo quiero decir, asiente sus propios temblores en sus ciudades de ruinas, en los jardines abandonados a la soledad de la noche, en los templos pretéritos sin tejados y en las paredes que pinta de musgo, para vivir su propio sentimiento de un yo tenso, decaído, solitario y crepuscular, que con frecuencia acabaría eligiendo la muerte.
Después, tras la claridad de la ciudad moderna que busca ocultar la ruina, los realistas se olvidaron de las ruinas para cantar el progreso. Pero el progreso, en la vida de las ruinas, se convirtió en negocio. Y ya con el recuerdo de Napoleón, las ruinas empezaron a viajar como mercancía más cerca del latrocinio puro que de Mercurio. Y las ruinas se convirtieron en carne de dinero, de expolio, de pasiones bajas y de furia. Y así nuestros pueblos fueron llegando a la ruina de sus adornos más preciosos. Con la ruina de las imágenes de San Baudelio, llegó la de retablos, sacristías, archivos, estatuas, capitales y todas las caras de la historia que nos fue moldeando a golpe de horas. Casaron las ruinas con la codicia. Tras ellas, llegó la ruina de la estampida. Y entre ruinas y ruina, Soria añora las suyas. Cuando sus propios hijos ni acarician ni guardan ni recuerdan, al menos quede el canto ruinoso de nuestras ruinas para no caer en la ruina, "porque hay piedras que guardan un sentido".
Y en el fragor de la nostalgia de la ruina, imagen de un pasado que tampoco ha de ser tiempo mejor, también viajan por la vida todas nuestras otras ruinas. Las de las amistades perdidas, las de los proyectos rotos, las de las palabras vacías, las de los entendimientos frustrados, las de las miradas caídas. Son todas esas ruinas que llenan nuestras galerías interiores, que Machado, a cien años de su llegada a nuestra ciudad con ruinas, nos regaló con palabras certeras al hablar de una juventud, la suya, triste y mustia. Pero las ruinas, y la ruina, para que tengan sentido han de saber ser abono de futuro, espejo del pasado y consuelo del presente. "¡Cómo feneció todo, ay!; mas erguidas,/ a pesar de fortuna y tiempo, vemos/ estas y aquellas piedras combatidas", como cantó con versos certeros Francisco de Medrano. ¿De qué nos hablan las ruinas