martes 27 de marzo de 2007

El Ministerio de Cultura invierte más de 700.000 euros en restaurar patrimonio soriano

LAURA ÁLVARO/SORIA
El Ministerio de Cultura ha adjudicado la intervención en el castillo califal de la localidad soriana de Gormaz. Las obras, que se enmarcan en el Plan Soria establecido por el Gobierno, cuentan con un presupuesto de 442.042 euros.

Asimismo, ha adjudicado obras para la mejora del entorno de la ermita de San Baudelio de Berlanga. Consistirán en la construcción de un nuevo aparcamiento para visitantes e infraestructuras de seguridad. La cuantía asciende a 260.281 euros.

domingo 25 de marzo de 2007

La ruta de los versos

Foto: Eryka Pascual

Entre la historia y la leyenda, el Camino del Cid custodia paisajes anclados en el medievo, escondidos entre las ocho provincias que recorre este viaje literario tras las huellas del Campeador. Menéndez Pidal fue el primero en recorrer sus 2.168 kilómetros, que nacen en Vivar del Cid y mueren en Orihuela. Un itinerario tejido con calzadas romanas, rutas comerciales y caminos ancestrales que unen los parajes citados en el 'Cantar de Mío Cid', enclaves ligados a la figura del Campeador y rincones con fuerte impronta medieval.

Por el momento, las carreteras secundarias son la única vía para los que deseen completar todo el recorrido, pero a lo largo del 2007, año que conmemora el octavo centenario del nacimiento del 'Cantar', concluirá la señalización de una ruta íntegramente senderista para los que, a caballo o en bicicleta, prefieran emular las andanzas del Cid con mayor fidelidad.

Los 3.370 versos del más famoso cantar de gesta de Castilla se convierten en la mejor guía para este viaje que arranca, al igual que la obra, en Vivar del Cid, pueblo natal de Rodrigo Díaz. El Campeador debe abandonar Castilla por orden del rey Alfonso VI e inicia su partida frente al Molino del Cid, actualmente reconvertido en restaurante y famoso por sus 'judías del destierro'. A pocos metros, el convento de Nuestra Señora del Espino bendijo el éxodo de Don Rodrigo. Las monjas clarisas siguen custodiando en esta abadía la arqueta que guardó el original manuscrito del 'Cantar' hasta su traslado a la Biblioteca Nacional.

Después de recorrer diez kilómetros, el Cid entró en Burgos por el Arco de San Martín -la puerta más occidental de la muralla-, se despidió de la iglesia de Santa Águeda -escenario de la 'jura de Santa Gadea'- y se arrodilló para pedirle ayuda a Santa María en la plaza en la que hoy se alza la imponente catedral gótica, donde descansan los sepulcros del Cid y doña Jimena.

La siguiente parada es el Monasterio de San Pedro en la localidad de Cardeña. Allí se cobijaron la esposa e hijas del Campeador durante su destierro. Datado en el año 899, es el más antiguo de los grandes monasterios de Castilla y el primero que fundó en España la orden benedictina. En el exterior está enterrado Babieca, el caballo del Cid, y después de probar el vino que venden los 23 monjes cistercienses que habitan el lugar, los visitantes no suelen irse con las manos vacías. Antes de dejar la provincia de Burgos, las huestes cruzaron Santo Domingo de Silos, donde por aquel entonces se construía el famoso claustro románico de su monasterio.

Vinos de Ribera

Ya en tierras sorianas, El Cid entró en San Esteban de Gormaz, capital de los caldos de Ribera del Duero y llegó hasta Castillejo de Robledo, localidad que estuvo en manos de los caballeros de la Orden del Temple y donde la tradición ubica la 'afrenta de Corpes', en la que las hijas del Cid fueron burladas por sus esposos. El éxodo continuó por Berlanga y Gormaz, que conserva la fortaleza más larga de Europa, codiciada por musulmanes y cristianos durante los siglos X y XI.

En este punto, las huestes de Don Rodrigo se dividieron en dos y el periplo de una de las facciones por Guadalajara da lugar al primer ramal del Camino. A orillas del río Henares se alza el castillo del Cid de Jadraque, según Ortega y Gasset, el cerro más perfecto del mundo. Una estampa que sus dueños no supieron apreciar, ya que, en 1889, vendieron la fortaleza al pueblo por 300 pesetas. El grupo no llegó hasta Sigüenza, pero la ciudad se ha ganado un sitio en este camino por su catedral románica, el poderoso castillo -hoy Parador Nacional- y el laberinto de calles que mantienen vivo su espíritu medieval.

Reunida de nuevo, la expedición se dirigió a Medinaceli. Con la conquista de Valencia en mente, El Cid se adentra en Zaragoza y llega a Alcocer, donde tuvo lugar la batalla más sangrienta del Cantar. De ella solo quedan las excavaciones arqueológicas que recientemente confirmaron su existencia real. Hasta ahora se le conocía como 'la ciudad perdida', porque de ella solo había constancia documental.

La siguiente parada es Calatayud y su colegiata de Santa María, desde el 2001 Patrimonio Mundial de la Unesco por su estilo mudéjar. Don Rodrigo abandona Zaragoza por las lagunas de Gallocanta, una de las reservas de aves más importante de Europa.

Por fin, El Cid llega a Teruel, capital del mudéjar aragonés gracias al artesonado de su catedral, incluida también en el Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Y a un paso, dos hermanas: Mora de Rubielos y Rubielos de Mora, dos conjuntos arquitectónicos góticos y renacentistas cargados de edificios religiosos y casas solariegas. Además, ofrecen la posibilidad de salirse, una vez más, del camino para recorrer los dos kilómetros de muralla que rodean Morella hasta llegar a su castillo medieval.

Los versos del 'Cantar' se adentran finalmente en la provincia de Valencia a través de parajes quebrados como Benicadell, donde El Cid levantó su fortaleza más importante, playas cálidas como Cullera o ciudades estratégicas como Sagunto, cuyas murallas encierran vestigios de todas las culturas que la habitaron.

Encanto y furia en las ruinas


Hablar en Soria sobre las ruinas es como hablar de la esencia de la patria (chica). La ruina de los caminos, la ruina de los pueblos, la ruina de los campos, la ruina de las vías del tren, de las murallas, de las majadas, de los molinos. La ruina de la propia colectividad. El ser humano hace historia y la historia se materializa en su obra. Quedan las ruinas, que son como un espejo en el que podemos mirar nuestro pasado. Por eso, las ruinas siempre han habitado entre nosotros, aunque cada momento de la historia las contempla, las venera, las canta o las oculta de forma diferente. Las ruinas. ¿Por qué sentimos esa atracción hacia ellas, por qué esa curiosidad por experimentar el gozo de la piedra caída, la muralla ajada o las cañadas inundadas de hierbas y zarzas en el recuerdo de recuas y merinas haciendo sonar sus cencerros, esquilas y zumbos? ¿Por qué nos fijamos en los pocos restos de la muralla de Soria, en las ruinas de San Nicolás, sólo ya fragmentos de pasado? ¿Qué se busca entre las paredes húmedas y frías de las iglesias vetustas de nuestros pueblos, incluso por los agnósticos y ateos? La ruinas. Hoy se veneran, se cuidan, se reconstruyen, se protegen, se estudian, se venden como fruto de una calidad propia de la historia pasada, se ponen en el altar de los "cascos históricos" (¿no lo son todos?) y ay de la ciudad, villa o pueblo que se lo haya dejado escapar o no sepa cultivarlo. Pero son las ruinas de la historia. Porque las del presente se intentan ocultar. Si las primeras expresan el esplendor que merece ser vendido, las del presente reflejan la decadencia de una sociedad que las tiene que esconder porque nadie puede permitirse la debilidad. Las ruinas del presente de tantas ciudades que han perdido la línea divisoria con el campo y el paisaje. Las del pasado que sirven de refugio a la explosión de la sensibilidad. Las del presente aleccionan sobre el desastre que debe ser evitado. Las del pasado son la huella lenta de la historia milenaria, construida a golpe de sudor. Las del presente son la huella rápida de un fracaso colectivo. Hay ruinas que infunden encanto, como el castillo de Gormaz; otras regalan tristeza, como las solitarias murallas de Rello o las casas despanzurradas de mi pueblo, del pueblo de al lado, del otro del norte, del sur, del este y del oeste de Soria y de Castilla entera. Son esas ruinas que hablan de la ruina. Y las hay que se convierten en libro lejano de una historia que parece irreal, que se tragó la tierra con los dioses del tiempo para que ahora el hombre, libre de tantas ataduras, escarbe el polvo en busca de algún tesoro del pasado. Termancia, Numancia, Uxama. Aquí, la historia ni es la de ayer ni se deja retratar en imagen mental definida. Pero guardan un tesoro, que la furia del tiempo ha sabido preservar entre la tierra cual paño que arropara oro. Son nuestras ruinas, las que nos infunden nostalgia, sentimiento de fugacidad y viaje retrospectivo a la noche de los tiempos.

Las ruinas siempre se han vivido de forma diferente. Hoy se protegen, se cuidan, se delimitan sus contornos con cuidado, se limpian, se atesoran, se las contempla en museos o en su propia cuna. En otros momentos, se vieron como elemento de contraste entre un presente de gloria y un pasado de barbarie. Pero también hubo épocas en las que eran la vara de medir la propia vida humana, personal o histórica, para recordar que todo es efímero y ni siquiera lo grandioso y lo bello permanecerán. Hasta que llega el Romanticismo abriendo el porticón de la modernidad y entroniza las ruinas como descubrimiento del sentido histórico del hombre europeo. Y todo se idealiza, se hace sublime. Y en eso estamos. Y el hombre romántico, el del Romanticismo quiero decir, asiente sus propios temblores en sus ciudades de ruinas, en los jardines abandonados a la soledad de la noche, en los templos pretéritos sin tejados y en las paredes que pinta de musgo, para vivir su propio sentimiento de un yo tenso, decaído, solitario y crepuscular, que con frecuencia acabaría eligiendo la muerte.

Después, tras la claridad de la ciudad moderna que busca ocultar la ruina, los realistas se olvidaron de las ruinas para cantar el progreso. Pero el progreso, en la vida de las ruinas, se convirtió en negocio. Y ya con el recuerdo de Napoleón, las ruinas empezaron a viajar como mercancía más cerca del latrocinio puro que de Mercurio. Y las ruinas se convirtieron en carne de dinero, de expolio, de pasiones bajas y de furia. Y así nuestros pueblos fueron llegando a la ruina de sus adornos más preciosos. Con la ruina de las imágenes de San Baudelio, llegó la de retablos, sacristías, archivos, estatuas, capitales y todas las caras de la historia que nos fue moldeando a golpe de horas. Casaron las ruinas con la codicia. Tras ellas, llegó la ruina de la estampida. Y entre ruinas y ruina, Soria añora las suyas. Cuando sus propios hijos ni acarician ni guardan ni recuerdan, al menos quede el canto ruinoso de nuestras ruinas para no caer en la ruina, "porque hay piedras que guardan un sentido".

Y en el fragor de la nostalgia de la ruina, imagen de un pasado que tampoco ha de ser tiempo mejor, también viajan por la vida todas nuestras otras ruinas. Las de las amistades perdidas, las de los proyectos rotos, las de las palabras vacías, las de los entendimientos frustrados, las de las miradas caídas. Son todas esas ruinas que llenan nuestras galerías interiores, que Machado, a cien años de su llegada a nuestra ciudad con ruinas, nos regaló con palabras certeras al hablar de una juventud, la suya, triste y mustia. Pero las ruinas, y la ruina, para que tengan sentido han de saber ser abono de futuro, espejo del pasado y consuelo del presente. "¡Cómo feneció todo, ay!; mas erguidas,/ a pesar de fortuna y tiempo, vemos/ estas y aquellas piedras combatidas", como cantó con versos certeros Francisco de Medrano. ¿De qué nos hablan las ruinas